La respuesta parece ser que sí, PERO… cuando todo está bien.

Multitud de estudios hablan de la potencial felicidad de la persona en pareja o por separado y en su inmensa mayoría coinciden en que las personas que viven y conviven con sus parejas se perciben como más felices, obviamente en el caso de que no haya conflictos, pues la existencia de los mismos hace que la cosa cambie… y mucho.

Los conflictos que se generan dentro de la pareja, como todos aquellos que tengan una repercusión emocional significativa en nuestras vidas, tienen la capacidad de tumbar esa percepción de felicidad anteriormente comentada, y el problema no es el conflicto en sí, sino la gestión que de él hacemos y su recorrido.

Podemos de esta forma decir que si bien la percepción de felicidad en las personas casadas o con pareja es superior a la de los llamados singles, existe una radical inversión de esa percepción en el caso de que la pareja viva su relación en un conflicto permanente.

Y no tiene por qué ser así…

Existen multitud de teorías en torno a las fases, las etapas o los estadios de una relación de pareja, no todas coincidentes en su totalidad, pero nos indican con claridad que existe una evolución y progresión de las relaciones. Si estas etapas de la relación no van acompañadas de la evolución personal de sus integrantes, se empiezan a cocinar una cadena de conflictos cuyos desencadenantes pueden llegar a ser tan variados como absurdos en ocasiones.

Es, por lo tanto, fundamental el trabajo personal, no solo en pareja, en el momento en que empezamos a percibir la temida inestabilidad o una ligera insatisfacción en o con nuestra relación, y como ocurre en todas las cuestiones importantes, cuanto antes, mejor. Con las primeras señales puede resultar mucho más sencillo que con una gran problemática ya creada y alimentada por variables subjetivas.

¿Y qué hago si me/nos está pasando?

Pues la respuesta podría ser tan obvia como si nos preguntamos qué hacer cuando una muela empieza a causarnos molestias o una articulación nos empieza a dar indicios de problemas,

¡¡VAMOS AL PROFESIONAL PERTINENTE!!

El psicólogo en este caso tiene una clara línea de intervención, y no vamos a extraer la pieza, como tampoco sería la primera opción del dentista en el supuesto bucal. Desde la terapia cognitivo conductual, de eficacia probada en un 75 % de la parejas que de ella participan, vamos a analizar las variables e indicadores individuales que nos han llevado en pareja a requerir asistencia. Vamos a conocernos un poquito más a nosotros mismos y cómo funcionamos, vamos a aumentar nuestras habilidades sociales, comunicativas y afectivas y con ello a darnos una inyección de autoestima, muy devaluada normalmente en estas situaciones.

Posteriormente estaremos preparados para trabajar en pareja y vamos a aprender a analizar con mayor objetividad las cosas que nos pasan, a corregir desde el cariño que nos une los desequilibrios creados y a comunicarnos de una forma coherente a lo que deseamos mantener, a valorarnos desde una perspectiva positiva, pero sobre todo abordar nuestras vivencias desde una postura constructiva, aprendiendo a no destruir con los acontecimientos cotidianos, sino a usarlos de pegamento en nuestra relación, pues los percibimos desde la unión y el mantenimiento de lo importante, de lo que hemos elegido y en realidad queremos.

Recuerda, si atraviesas un mal momento personal, de pareja, o ambas, no lo dejes hasta tener que extraer la pieza, acude a tu psicólogo y disfruta plenamente de tu relación.

Felipe Martín Naranjo.
Psicólogo Col. Num. MU-01667.