Cuando hablamos de apego, nos referimos a la capacidad que tienen los bebés para establecer vínculos con sus padres o cuidadores. Este lazo afectivo se adquiere en los dos primeros años de vida y su principal función es la de proporcionar seguridad física y emocional.

Vamos a poner un ejemplo… Imaginad que estáis subiendo una montaña y os percatáis de que se aproxima una tormenta; lo recomendable sería poneros a cubierto en el refugio más próximo y esperar a que pase el temporal. Una vez que haya pasado el peligro, continuaríais con el ascenso a la cima. En este caso, al igual que dicho refugio nos sirve de protección en la montaña, el apego actúa como esa base segura y de confort que tiene el niño para explorar su entorno.

Del mismo modo, este vínculo o lazo afectivo funciona como una balanza de regulación emocional, dado que en situaciones en las que el niño siente o expresa algún malestar (dolor, miedo, soledad…) busca a su figura de apego para que a través del contacto le proporcione consuelo, seguridad y protección.

Este fenómeno ha sido estudiado por el psicólogo John Bowlby (creador de la Teoría de Apego) y según sus investigaciones, afirma que los niños están biológicamente diseñados para estar apegados a sus progenitores, no solo para que cubran sus necesidades físicas, sino también las afectivas.

Además, el apego se considera uno de los aspectos más importantes en el desarrollo afectivo y psicológico de los niños; puesto que es la principal base de seguridad que le proporciona la confianza necesaria para la exploración de su entorno y le ayuda a regular sus emociones en momentos de estrés y de angustia.

¿Cuántos tipos de apego existen?

Se ha demostrado que la manera en la que los progenitores responden a las demandas del bebé (cómo lo cuidan, acogen y calman) es lo que determina la calidad del apego, y esto juega un papel fundamental en el desarrollo del niño.

Según la investigación que realizó Mary Ainsworth, se plantean cuatro tipos de apego, uno de ellos seguro y tres de tipo inseguro.

Apego seguro: Es el vínculo más habitual en la infancia. Los niños con este tipo de apego utilizan a sus progenitores como base segura para explorar su entorno. Aprenden que pueden confiar en ellos, que estarán disponibles y que no les van a fallar. Se sienten queridos, aceptados y valorados. Son niños activos que interactúan con confianza y que tienen relaciones más saludables cuando son adultos. En la adultez tienden a ser personas emocionalmente más estables, confiadas y con buena autoestima.

Apego inseguro: Este patrón de apego se formará en niños cuyos progenitores o cuidadores, no han estado disponibles emocionalmente y se han mostrado incapaces de satisfacer sus necesidades.

Se divide en tres tipos:

  • Apego evitativo: Los niños con este tipo de apego exploran el nuevo ambiente sin usar la figura de apego como base. No muestran malestar ante la ausencia de ésta, ni reaccionan en su regreso. En la edad adulta tienen dificultades de relación.
  • Apego ansioso-ambivalente: Estos niños no confían en sus cuidadores. Se sienten inseguros y exploran el ambiente con intranquilidad. Este tipo de vínculo o manera de relacionarse se le llama ansioso porque genera en el niño un estado de excesiva ansiedad; y ambivalente porque la respuesta que se da habitualmente ante él, es incoherente, caótica e inestable. En la edad adulta suelen tener relaciones dependientes con los demás.
  • Apego desorganizado: El niño presenta comportamientos contradictorios (busca al adulto de forma intensa para luego rechazarle). Puede mostrar miedo y confusión ante la presencia del adulto. Los adultos que han tenido este tipo de apego suelen ser personas con alta carga de frustración e ira, no se sienten queridas y parece que rechazan las relaciones

¿Cómo construir un apego seguro?

Anteriormente comentábamos, que dependiendo de cómo haya sido el tipo de vínculo en nuestra infancia, va a depender la forma en que nos relacionemos en nuestra vida adulta.

Dada la importancia que tiene establecer un apego seguro en los niños, me gustaría mencionar algunas claves que pueden contribuir a crear un vínculo sano y duradero:

  • Demuéstrale cariño incondicional: abrázalo, cántale, bésale, háblale, etc.
  • Muéstrate disponible física y afectivamente.
  • Responde a sus necesidades físicas: no sólo de cuidados y alimentación, sino también afectivas.
  • Establece normas y límites que guíen su comportamiento.
  • Favorece su independencia gradualmente.
  • Acompáñale a descubrir lo que le rodea evitando la sobreprotección.

Pero ante todo, que no falte empatía, sensibilidad y disposición. Son los ingredientes esenciales que van a permitir que desarrollemos un vínculo sano.

Apego seguro

Ana Toribio Bravo
Departamento de psicología
Nº Colegiado: M-28096

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