¿Has oído hablar alguna vez de la alimentación emocional? Es una forma de alimentarse que está ligada a las emociones y al estado de ánimo. Debemos diferenciarla del hambre fisiológica, que nos aparece lentamente y no está ligada a las emociones ni a ningún alimento en concreto. Cuando aparece la sensación repentina de “hambre”, ligada a un alimento o grupos de alimentos, habitualmente calóricos y ultraprocesados, con necesidad de “atiborrarse” o incapacidad de parar y comer sólo un poquito de ese alimento nos deben saltar las alarmas. Este tipo de alimentación conlleva, a la larga, graves problemas de salud como el sobrepeso y la obesidad.

Cuando esto ocurra, que te entre un hambre voraz repentino, debes pararte y escuchar a tu cuerpo, valorar si realmente tienes hambre o puede ser que tengas sed, que estés aburrido, ansioso, estresado, triste… Si hace poco tiempo que has realizado una ingesta, plantéate qué es lo que está sucediendo. Observa qué sentimiento es el que está perturbando tu tranquilidad y estabilidad emocional e intenta solventarlo. Si no puedes tú solo, acude a un psicólogo que pueda ayudarte con este problema, ya que modificando únicamente tus hábitos alimentarios no será suficiente, pues esa necesidad de comer no va a desaparecer hasta que dicho problema esté resuelto.

Cuando te venga esa necesidad imperiosa de ingerir alimentos y comer sin control, antes de comenzar, intenta beber agua para calmar un poco esa sensación, a veces nuestro cuerpo confunde la sensación de sed con la sensación de hambre. Si crees que puede ser por ansiedad, aburrimiento o estrés, sal a pasear, mantente activo y realiza una actividad placentera que te mantenga alejado de ese pensamiento negativo. Crea una rutina de ejercicio diario, busca tener tiempo para ti y no solo para el trabajo, queda con tus amigos, busca un hobby, etc.

Y lo más importante, intenta no tener a mano alimentos poco saludables de los que puedas tirar en este tipo de ocasiones. Manteniendo un menú diario equilibrado y bien organizando, dejando poco espacio a la improvisación, será más fácil discernir el hambre fisiológica del hambre emocional y mantener a nuestro cuerpo en las mejores condiciones para que no se produzcan carencias nutricionales que el cuerpo busque atenuar a toda costa.

Si aún así no eres capaz de frenar esas ganas de ingerir dicho alimento, primero imagínate comiéndolo unos minutos antes de ir a por el primer bocado, ciertos estudios demuestran que se ingiere menor cantidad de dicho alimento si tiempo antes te imaginas comiéndolo, ya que en el cerebro se producen las mismas reacciones químicas que si lo estuviésemos ingiriendo, así que la sensación placentera que buscamos a través de la comida comienza antes, y ese estrés, ansiedad y necesidad imperiosa de comer desaparece con más facilidad.

Alicia Salamanca Zamora
Diplomada en Nutrición Humana y Dietética
Colegiada Nº MU00224

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